La violencia ginecológica

La violencia ginecológica

Yo también he sufrido violencia ginecológica.

La violencia médica ginecológica existe. Darme cuenta fue como un directo en la boca del estómago. Estuve mucho tiempo enfadada. Conmigo misma, por no haber sabido parar muchas situaciones, decir o hacer algo. Con las personas que me atendieron, por su falta de humanidad, profesionalidad y neutralidad. Y con el puto sistema médico, por perpetuar en pleno siglo XXI  que millones de mujeres* sufran dolores como algo natural y cotidiano, haciendo negocio a costa de nuestra salud; por des-humanizarnos sobre camillas semi-desnudas haciendo juicios de valor o por hacernos sentir vergüenza y culpa.

Un viernes de diciembre de 2016, recibí una llamada telefónica de la matrona que me había hecho un mes antes una citología, diciéndome en los primeros dos segundos de conversación la palabra cáncer. Poco más escuché después de eso. Algo del Virus del Papiloma Humano, de que usase protección y de que el lunes me pasase por su consulta a por un volante para otra prueba.

Soy sexóloga y sabía lo que era el VPH, pero de verdad, que en ese momento, no era capaz de pensar en nada más que en que tenía una enfermedad de transmisión sexual, que a ver cómo le explicaba a mi pareja que no había mantenido relaciones con otras personas, cómo se lo contaba a mi madre y peor aún, ¡que igual tenía un puto cáncer!

Después de pegarme una llorera olímpica pude pensar con más claridad y recordar algunas cosas sobre el VPH que me tranquilizaron un poco, aunque la ansiedad me estuvo matando todo el fin de semana. Hablar con mi pareja y que él entendiera qué me estaba pasando fue liberador, pero lo que más me alivió fue hablar con mi madre y que ella ya supiera lo que era porque también se lo habían diagnosticado a una amiga suya. Y es que, yo sentía vergüenza de lo que pudiera pensar mi madre sobre mis prácticas sexuales.

¡Ay que joderse el estigma social de las enfermedades de transmisión sexual como cala, incluso a las personas que nos dedicamos a esto!

La cita con la matrona fue bochornosa. La mujer sólo se centró en repetirme una y otra vez la importancia de usar protección a la hora de mantener relaciones sexuales y en venderme la vacuna, que por supuesto, ella ya le había puesto a su hijo y a su hija. Y, que soy muy aplicada, había ido con los deberes hechos y había sacado del cajón mis apuntes, por lo que tenía algunas preguntas que le incomodaron bastante. Sobre todo las relacionadas con la vacuna. También le recalque que este virus se contagia a pesar de usar protección ya que no se transmite por los fluidos sino por la mucosa, y que no se puede saber quién te lo ha contagiado porque puede activarse muchos años después, algo que le hizo forzar una sonrisa falsísima, volver la mirada al ordenador y desearme buen día.

Lo siguiente que me hicieron fue una colposcopia, que consiste en echarte un tinte que resalta la zona dañada y verlo con una lupa (perdonadme las sanitarias por mi explicación de andar por casa). Esta prueba me la realizó el máximo especialista en el virus del papiloma humano junto a una enfermera. Cuando llegué le comenté que aún tenía algo de regla, que por los nervios de la prueba, se me había alargado más de lo habitual y que por eso no había podido avisar para cambiar la cita. Malas caras.

Me subo a la camilla y sin mirarme a la cara ni preguntarme si estaba bien, empieza. Murmuran entre ellos, se queja en repetidas ocasiones de que hay mucha sangre, nadie se dirige a mí. Además de la colposcopia me hace una biopsia, sin avisarme, haciéndome un daño de la hostia. Y sigue sin dirigirme la palabra. Al terminar me pregunta si tengo dudas, le respondo que sí y me da un par de folletos. Todo genial.

Salí de allí sintiéndome una mierda. Muy pequeña. Humillada. Ninguneada. Habían estado dentro de mi cuerpo y me habían omitido por completo. Estaba cabreadísima. Necesitaba respuestas. Necesitaba a alguien que me mirara a los ojos y me explicara lo que me estaba pasando cómo si yo le importase. De repente estaba perdida. No sabía dónde buscar o en qué o quién confiar.

Este ha sido uno de los peores momentos de mi vida pero también el más empoderador. Porque todo lo que aprendí después de ese día ha sido prácticamente lo que me ha traído hasta donde estoy hoy.

En vista de que necesitaba más opiniones que la poca información que encontré en los dos folletos que me dio el ginecólogo, empecé a buscar a profesionales con perspectiva de género, porque creo que es muy muy necesaria a la hora de trabajar y tratar a mujeres*. Entender que el sistema médico ha sido creado por hombres y para hombres y que la salud de las mujeres es de segunda y además, un negocio para las farmacéuticas, creo que debería ser la base para toda persona que trabaje por la salud sexual femenina.

Así que hable con diferentes ginecólogas, matronas, busqué artículos, estudios, foros…Había diferentes opiniones, mucha información, pero era lo que yo necesitaba para poder enfrentarme a las siguientes consultas y para poder decidir sobre mi cuerpo y mi salud.

En la siguiente cita me dijeron que tenían que hacerme una conización (quitarme un cacho del cuello del útero) porque mis resultados daban de alto riesgo. Mismo ginecólogo y misma enfermera. Ingresas a la mañana, te hacen la operación en menos de 15 minutos, descansas dos horas y si todo va bien te vas a tu casa (con las nalgas pegadas por el líquido que me echaron por dentro) y estás unos tres días de baja (mi caso).  Les digo que si puedo ver la pantalla porque me quería ver el cervix y me preguntan que para qué. No contesto. Me tumbo. Lo hacen rápido, en silencio . Me dicen que no me mueva porque pueden quemarme al cauterizar la herida. Ni respiro. Nadie me pregunta nada. Hablan entre ellas como si yo no estuviera allí. Terminan y me dicen que ya me puedo ir. Siguen sin preguntarme NADA.

Para rematar la jugada la celadora aún no ha venido a por mí para llevarme a la habitación y tengo que esperar en el pasillo de maternidad. Un repartidor de flores me pregunta si soy no sé quién. Me río por no llorar, más.

Vuelvo a salir con un cabreo de escándalo. ¿Pero por qué no he dicho nada? No he sido capaz. He vuelto a sentirme insignificante. Un cacho de carne abierta de piernas en su camilla. Me siento menos que ellos. A pesar de que sé muchísimo sobre MI cuerpo. Estoy decepcionada conmigo.

En la revisión después de la conización me toca con otra ginecóloga. Pienso que esta es la mía y que me voy a explayar agusto. La revisión va genial, todo parece perfecto. Cuando acaba llega el momento vacuna. Le digo que no me voy a vacunar y le cambia el gesto. Me dice que no sea tonta, que por haberme conizado en el año 2017, me las ponen gratis y que es una oportunidad porque son tres vacunas y cada una cuesta unos 300€. Estoy flipando. Le repito que no gracias, que ya me he informado y que es mi decisión. Le da igual. Me hace el volante para la cita sin mirarme a la cara. Lo cojo, sabiendo perfectamente que no voy a ir y me piro.

¿Pero qué le pasa a esta gente? Lo de respetar las decisiones de las pacientes no lo llevan ni un poco bien.

Salgo de allí con una mezcla entre pena y vergüenza ajena. Pero orgullosa y contenta porque no me he hecho pequeñita, he mantenido mi postura y he sido educada (que lo mío me costó).

En la última revisión hasta ahora (porque esto es anual) voy ya con mi máster en VPH hecho. Por primera vez me dicen que me siente y la ginecóloga, nueva, me pregunta qué tal estoy mirándome a la cara. Os juro que casi lloro. Hablamos un rato. Una chica joven, simpática, que sabe escuchar y sabe contener. Me pasa a la camilla y como ve que quiero mirar la pantalla, la giran para que vea mejor y me explica TODO lo que va haciendo.

Se sorprende cuando le aviso de que tengo un quiste de Nabboth, pero cuando le explico que yo me miro en casa el cervix, se maravilla y me hace un montón de preguntas porque le parece algo fantástico. Hablamos también de la necesidad de la educación sexual y de que la seguridad social debería tener sexólogas en plantilla porque ella deriva muchas pacientes y se lo tienen que pagar. Me pide el contacto incluso para poder derivarme pacientes a mí. Cuando llega el momento de hablar de la vacuna y le explico mis razones para no ponérmela, le parece bien, BIEN, porque no es su decisión, sino la mía, estando informada.

Salí en una nube, de verdad. Fue una consulta de 20 minutos. Me sentí persona. Sentí que a esa profesional le importaba de verdad que yo estuviera bien, que lo viviera lo mejor posible, que entendiera lo que me pasaba y lo que me hacían y que yo decidiera estando informada.

Es una pena que en la seguridad social no se mantenga siempre la misma ginecóloga porque yo encontré una joya.

Toda esta situación me hizo darme cuenta de lo vulnerables que podemos ser y de que pueden chantajearnos y coaccionarnos, porque “saben” más que nosotras. Por eso decidí que tenía que saber cómo funcionaba mi cuerpo y mi ciclo, para que no me volviera a pasar, o por lo menos,  tener más recursos para hacer preguntas o cuestionar opiniones.